Ejemplo de amor por los animales y por la ciencia: Jane Goodall

Revolucionó la ciencia al descubrir similitudes entre los hábitos de chimpancés y humanos. Tras décadas de convivencia con esos animales, dedica 300 días al año a recorrer el mundo y concientizar sobre el respeto a la biodiversidad


Con voz amable y los signos de los años en su rostro y en su cabello, la primatóloga inglesa de 77 años saluda a todos en los auditorios en los que se presenta reproduciendo el sonido de los chimpancés con los que compartió décadas de su vida.

Goodall rememora sus días en Gombe, Tanzania, con un compañero de viaje: un pequeño mono de peluche al que sostiene durante sus charlas. Su pasión por los animales surgió de niña, cuando aún vivía en Londres y su madre la ayudó a explorarla hasta convertirse en una reconocida naturalista.


"Aprendí, a los cinco años, que era una científica", asegura luego de recordar una noche que pasó escondida en un establo para descubrir cómo las gallinas ponían sus huevos. "Toda mi familia estaba buscándome. Cuando mi madre me encontró, le dije que había descubierto cómo lo hacían y ella vio en mis ojos ese brillo que da el conocimiento", recuerda.


Luego de leer, en su infancia, Tarzán de los simios -en Europa la obra se tituló así-, supo que su destino estaba en África. "Envidiaba a la Jane del cuento. ¡Yo quería ser ella!", cuenta.


Terminó el bachillerato, trabajó de secretaria en un estudio que filmaba documentales y conoció a una amiga que dejó Inglaterra para mudarse a Kenia.


Goodall la acompañó y allí trabajó de camarera para poder subsistir, hasta que el paleontólogo Louis Leakey la contrató como su secretaria. De allí en más, su camino fue el de sus sueños.


A una expedición a la "misteriosa" selva, le siguió la invitación de su mentor para liderar un proyecto de observación de chimpancés en Gombe, en 1960. "Nadie quería responder por mí, mi madre viajó y se hizo cargo", narra la especialista varias veces galardonada al recordar que el gobierno británico no autorizaba el trabajo. "Ella fue la primera en creer en mí. ¡Imagínense una mujer londinense en medio de un mundo desconocido!".


Goodall repartió su tiempo entre observar monos y estudiar para conseguir un doctorado, ya que no poseía ningún tipo de formación académica. Desilusionada por no hallar nada interesante en sus prolongadas jornadas en medio de la selva, se sentó cansada a observar a los animales y descubrió uno de los hallazgos más relevantes del siglo XX.


Vio a un chimpancé introduciendo un palo que había cortado y deshojado en un termitero para sacar termitas y comerlas. Con este descubrimiento, demostró que el hombre no era la única especie que fabricaba y usaba herramientas, tal como se creía hasta entonces. Los restantes cincuenta años los dedicó a otros trabajos que permitieron conocer las capacidades de caza, la estructura social y emotiva y la inteligencia de los chimpancés.


En los últimos años, Goodall pasa 300 días al año viajando por países de todos los continentes, dando charlas para concientizar sobre la necesidad de respetar el medioambiente y de poner fin a prácticas destructivas como la deforestación, la minería y la agricultura industrial.


"Hoy día quedan 250 mil chimpancés en la selva. Sólo 250 mil. Cuando supe eso, entendí que así como ellos desaparecen, lo hacen otros animales. Fue entonces cuando dejé la reserva Gombe y comencé a viajar", señala.


La lucha por detener la destrucción del planeta


El trabajo del Instituto Jane Goodall, creado en 1977, se basa en una premisa que la primatóloga defiende a ultranza: "Todos los días, cada uno de nosotros puede hacer la diferencia".


"Los políticos no van a defender los ideales cuando hay recesión en el mundo. Eso debemos hacerlo todos nosotros", afirma. "Tenemos que tomar conciencia de que muchas personas la están pasando muy mal", agrega.


Para Goodall, la superpoblación es el mayor problema actual porque conlleva otros factores peligrosos, como la explotación desmedida de los recursos naturales, la contaminación y el consumismo. "Tenemos que producir alimentos para la cantidad de personas que somos y no de más, pensado en cuántos seremos", sostiene. "Está demostrado en cualquier sociedad, incluso animal, que cuanta más comida existe, más se reproducen los individuos", indica.


Su política de generar conciencia sobre esos asuntos está centrada en despertar el interés de los niños y los adolescentes a través del programa Roots & Shoots (Raíces y Brotes). Actualmente, funciona en 123 países, donde jóvenes llevan a cabo planes de trabajo con tres objetivos: ayudar a una comunidad, a los animales y proteger el medio ambiente.


"Es importante trabajar con ellos porque entienden los problemas mucho más rápido que los adultos. Además, serán los médicos, maestros, empresarios y políticos del futuro", asegura. "Roots & Shoots habla de la esperanza de miles de jóvenes", agrega.


Goodall es medida sobre la capacidad de mejorar la situación del planeta. Sin embargo, se muestra optimista de que las nuevas generaciones puedan mitigar los niveles actuales de desastre ecológico.


"Cuando me preguntan si hay esperanza, respondo que los jóvenes tienen la capacidad de cambiar las cosas", sostiene. Confía, además, en la capacidad del cerebro, el cual se expandió en las últimas décadas como signo de la evolución.


"Si logramos utilizar toda su capacidad, podremos hacer mucho más. El espíritu indomable del hombre es una de las causas de la esperanza. Pero si no logramos unir el cerebro con el corazón, no podremos salir adelante", afirma.


Fuente: infobae.com
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